miércoles, 8 de mayo de 2013

El fin de una era de odio


La muerte de Javier Diez Canseco representa el fin de una triste era de la política peruana marcada por el salvaje accionar de psicóticos delirantes que actuaban dominados por el odio irracional contra una serie de demonios internos simbolizados por "el imperialismo yanqui" y "el sistema capitalista", y contra todo lo que pudiera representarlos, desde los EEUU hasta el FMI, pasando por Papá Noel y el ratón Mickey. Fue una verdadera generación de dementes que llenaron su lenguaje de adjetivos duros y condenas venenosas, que no tardaron en pasar al asesinato mediante grupos guerrilleros y terroristas. Con su discurso y accionar llenaron de sangre nuestro país provocando que tres generaciones de jóvenes perdieran la vida inútilmente, entre ellos, algunos tan valiosos como Javier Heraud.

Javier Diez Canseco lideraba en los 70 a grupos de jóvenes sectarios que demostraban su estupidez gritando consignas repetitivas con el puño en alto, como si fuera robots programados en un ritual primitivo que pretendía ahuyentar los malos espíritus. Admiradores de la revolución cubana y seguidores del Che, lanzaban amenazas de muerte al imperialismo yanqui parados en un patio de San Marcos donde solo las palomas de los árboles los escuchaban. Era imposible no sentir pena por esos delirantes que hablaban de las masas pero no tenían masas, predicaban la alianza estudiantil-obrero-campesina que no existía más que en sus afiebradas mentes y anunciaban la lucha armada del campo a la ciudad, cuando lo que hacían era promoverla desde la ciudad.

Javier Diez Canseco fue uno de esos delirantes de patio estudiantil que luego pasaría a los sindicatos y al Congreso. Implicado en la violencia, vivió siempre cercano a los grupos de terror que asolaron nuestro país e incluso de otros países. Fue el representante oficioso de los grupos terroristas a los que nunca llamó terroristas. Nunca dejó de ser un activista subversivo, ni siquiera con su presencia permanente en el Congreso, desde donde promovió feroces cacerías a sus "enemigos de clase", olvidando que pertenece a la más rancia aristocracia miraflorina. Fue un implacable opositor de las políticas de pacificación y del accionar militar en contra del terrorismo. Las únicas condenas que profería JDC eran contra el "terrorismo de Estado" y la "militarización del país". Quería que los grupos terroristas actuasen libremente, y buscó que el Estado claudicara y negociara con ellos. Ese fue su papel incluso en la residencia del embajador japonés.

No habrá nada que extrañar tras la muerte de Javier Diez Canseco. Solo queda deplorar la conducta de muchos que han preferido aprovechar la escena para mostrarse una vez más como los tolerantes, pasando incluso a santificar al delirante fallecido, lanzando ridículas alabanzas que no son tales, como por ejemplo la patética frase "fue fiel a sus ideas". Pero es cierto ya que JDC nunca evolucionó, jamás cambió su perturbada lógica, nunca admitió el fracaso del comunismo cubano ni fue capaz de advertir el totalitarismo de Hugo Chávez, nunca pudo aprender de la experiencia. JDC murió siendo el mismo cavernícola de los 70.

Lo único que nos queda es alegrarnos de que se haya ido uno de los más nefastos representantes de la más nefasta secta de la política peruana, de una izquierda que le hizo mucho daño al país.