jueves, 18 de abril de 2013

Perfil de un fraude chavista


Lo que viene ocurriendo en Venezuela es el clímax de una segunda fase de dictaduras latinoamericanas que ya no surgen de la personalidad aventurera de algún general sino de los civiles. El siglo XX se caracterizó por las típicas dictaduras militares en toda la región, herencia de la creación militar e improvisada de nuestras repúblicas en el siglo XIX, cuando no existían instituciones democráticas. Si bien los militares llenaron por necesidad el vacío de institucionalidad democrática, acabaron convertidos en una institución política que durante el siglo XX tomaba el poder por la fuerza con total naturalidad. Se sentían salvadores de la patria que se veían obligados a intervenir cuando los incapaces civiles no podían conducir el país.

Durante la segunda mitad del siglo XX vivimos la etapa final de estas dictaduras militares que encontraron otra escusa para tomar el poder ante las amenazas comunistas. Luego de este período los militares acabaron denunciados, enjuiciados y en muchos casos encarcelados, tras un largo proceso que aún no ha concluido. El escenario mundial había cambiado después la Segunda Guerra Mundial y la creación de la OEA con sus infinitas entidades satélites, las que empezaron a tomar el control burocrático de esta parte del mundo. La justicia supranacional se encargó de las dictaduras militares dejando de lado a guerrilleros y terroristas, los que acabaron convertidos en víctimas. La nueva era de los DDHH en este siglo se caracterizó por los juicios y el desprestigio institucional de las FFAA. Todo esto mantuvo a los militares relegados en sus cuarteles.

Al empezar el siglo XXI la institucionalidad democrática seguía siendo precaria en Latinoamérica. Con los militares fuera del juego, emergieron nuevos líderes civiles con las mismas viejas tradiciones totalitarias. Es inevitable que los gobiernos acaben en dictaduras cuando no existen instituciones democráticas y cuando todo lo que hay no pasan de ser fachadas de cartón, escenografías legalistas donde las entidades son solo piezas de utilería constitucional, cascarones sin contenido a cargo de funcionarios mediocres que ni siquiera tienen claro sus fines institucionales. Los gobiernos civiles siguieron en la tendencia dictatorial con mayor fuerza, ya sin el riesgo de los militares, a los que más bien se los manipulaba. Las dictaduras civiles supieron ocultarse muy bien detrás de la fachada democrática que proporcionan los procesos electorales. Se instauró así la era de las dictaduras civiles de perfil electoral.

Las dictaduras civiles de hoy se sustentan en un empleo muy hábil de los medios de comunicación modernos y en un nuevo formato de comunicación con la gente, mucho más informal y constante. La vieja estrategia de pan y circo ha sido intensamente utilizada junto a un ingenioso manejo retórico de ciertos valores y del patriotismo. Paralelamente se procede a la penetración de las instituciones de utilería mediante el nombramiento directo o indirecto de adictos al régimen. Al final el país termina bajo el control de una plaga de incompetentes que solo tienen en común su fidelidad al dictador, en medio de un régimen que destila corrupción por todos lados. Maniobras típicas son la reforma de la Constitución, los referendos, los apoyos sociales y el enfrentamiento con los grupos de poder económico y mediático cuando no quieren someterse a la dictadura. La Iglesia Católica tampoco se salva.

Las dictaduras civiles permiten el afloramiento de una casta de políticos mediocres, cuya única utilidad es ser adulones permanentes del régimen y aplaudir y apoyar todos sus dictados. Para ellos la única institución de la patria es la voluntad del dictador. Todos los que se oponen a él son traidores a la patria, reprimidos con dureza y sancionados de alguna forma oscura.

Este escenario lo hemos visto en Venezuela en la última década, y lo estamos viendo en Argentina, así como en Ecuador y Bolivia. Es un fenómeno continental propio de estos países con debilidad institucional endémica. También lo vivimos en el Perú en la época de Fujimori y estamos en grave riesgo de revivirlo con este régimen nacionalista con aroma de chavismo, a pesar de sus desodorantes democráticos. El caso de Venezuela donde se ha instalado una dictadura que acaba de asegurar su permanencia por veinte años, es solo un botón de muestra. Pero se torna más importante por ser la cuna del chavismo continental, una novedosa forma de dictadura civil electoral disfrazada de socialismo barrial, pero con pretensiones de ser un imperialismo. La muerte de Chávez no ha detenido los delirios de ese régimen corrupto y repleto de incompetentes que maneja todos los resortes del país. Las recientes elecciones han sido una muestra clara del control que ejerce el régimen en las instituciones a su servicio: el CNE y el TSJ.

Las damas que presiden el Consejo Nacional Electoral y el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela nos traen el nítido recuerdo de Blanca Nélida Colán Maguiña, Fiscal de la Nación en los días de Fujimori, quien solía ser implacable con los opositores, mientras que se tornaba en una madre protectora cuando se trataba de Vladmiro Montesinos. Hoy vemos exactamente el mismo descaro en estas funcionarias de Venezuela. Las elecciones han evidenciado el fraude desde su convocatoria. El manejo de los medios del Estado por parte de Maduro ha sido escandaloso. Mientras que a Capriles le permitían cortísimas apariciones, la pantalla era ocupada por el candidato oficial permanentemente. La campaña del chavismo ha sido solventada abiertamente con fondos públicos y se ha manoseado el nombre de Chávez hasta la náusea.

Otro elemento descarado del fraude fue la papeleta de votación donde el rostro de maduro aparecía 14 veces. Ese solo detalle era suficiente para invalidar el proceso. Aun así, las elecciones parecían ganadas por Capriles según muchas estadísticas a boca de urna. Los resultados concretos de muchas mesas se dieron a conocer por las redes y todos eran favorables a Capriles. Sin embargo, el CNE apareció a pocas horas de concluidas las votaciones para anunciar como ganador a Maduro, sin haber recabado las actas del exterior, aduciendo que el resultado era ya irreversible, cuando la diferencia es de solo 230 mil votos. Un apresuramiento nada serio y muy sospechoso. Lo cierto es que en menos de 24 horas el candidato Maduro fue proclamado oficialmente ganador por el CNE. Una celeridad nunca vista en ningún lado. Ahora solo han cedido a "auditar" el proceso, pero el fraude ya se consolidó en Lima.

La señora Tibisay Lucena ha desoído las denuncias y evidencias presentadas que llegan a más de 3 mil. Se han visto videos donde comandos chavistas acompañan a los electores a las cámaras de votación. Se han encontrado papeletas marcadas en varios puntos de la ciudad. El chavismo ha incendiado su propio local para acusar cobardemente a la oposición y el propio Maduro califica de fascistas a sus opositores. Nunca se podría avalar un proceso electoral tan irregular si se actúa con decencia. Sin embargo, las instituciones de cartón como la OEA y varios países débiles institucionalmente y donde la democracia sigue siendo una quimera, gobernados además por simpatizantes de la ola dictatorial de moda en la región, no han dudado en reconocer el triunfo de Maduro. 

El resultado de la reunión de UNASUR era bastante previsible. No es más que un circo chavista donde se le echará la bendición al nuevo socio del club de dictadores civiles electorales de la región. Son mayoría. La reacción de la izquierda también era previsible. Su apoyo al fraude chavista y a la nueva dictadura a cargo de Maduro solo deja claro -una vez más- que al progresismo nunca le ha interesado la democracia. Todo lo que persiguen es el poder a cualquier costo y por cualquier medio. Sus discursos a favor de la democracia no se los cree nadie. Su inspiración es la dictadura del proletariado que hoy es la de una boliburguesía corrupta que alimenta el odio al imperialismo norteamericano. Con eso toda la izquierda se satisface. Esta es una ocasión más para ver la verdadera moral de la izquierda peruana. Esos que ayer se rasgaban las vestiduras por la democracia cuando se trataba de combatir a Fujimori, hoy hunden el pico para no decir nada sobre la dictadura chavista. Al contrario, son los que aplauden la dictadura.