viernes, 5 de abril de 2013

FELIZ 5 DE ABRIL A LA REPUBLICA!!





Cesar Hildebrandt/La Primera

El señor Gustavo Mohme es el único director de periódico que jamás lee lo que en el suyo se publica. Ni antes ni después.

Y no es porque desprecie el oficio que jamás ejerció. No. Es que él no lee jamás. Su memoria tiene gigas y gigas disponibles porque sólo la ocupan sus líos de divorcio, sus licitaciones ganadas en todos los gobiernos, su desapego a la memoria del padre que jamás podrá imitar y los sucesivos disfraces que hubo de usar para sobrevivir en el baile de máscaras del Molin Rouge periodístico.

Cuando su padre se esforzaba por mantener una línea independiente en medio del safari fujimorista, Gustavito presionaba al periódico para que calmara sus críticas a la dictadura.

Se trataba de que, a partir de 1998, las tentaciones empezaron a llover sobre este Fausto de quincha y chequera rápida. El viejo no confiaba demasiado en él pero, al fin y al cabo, era su primogénito y los dineros que obtenía no lo comprometían a él directamente.

Mohme padre hacía todo lo posible para que el diario reflejase el punto de vista de cierta centroizquierda. Mohme hijo se veía con Bressani, conversaba de lo lindo con Dufour, demandaba lo suyo en las repartijas de la publicidad estatal “gracias a sus contactos”, almorzaba con Borobbio –todos operadores cloacales de la mafia– y ampliaba su poder en el periódico asegurándose la sucesión.

La primogenitura no le bastaba. De lo que se trataba era de comprar acciones y hacerse fuerte para el día en que el viejo muriera y la familia, tras el duelo, se convirtiese en directorio. Cuando eso sucedió, Gustavo, que de prensa sólo sabía lo que Mirko Lauer le susurraba –o sea muy poco– ya era el hombre fuerte en La República.
Claro que sus hermanas y hermanos ignoraban en ese momento que Gustavito había sido un visitante asiduo del SIN y que la salita donde Montesinos repartía dinero había acogido su trasero en un número indeterminado de oportunidades.


“Sólo fueron dos”, diría él después. “Y las dos veces para hablar sobre temas de seguridad nacional y asuntos vinculados al problema con el Ecuador”.

Mohme sabía que Ecuador quedaba al norte del Perú y que la seguridad era un problema porque a su papi ya le habían robado tres camionetas Cherokee consecutivas, así que es de imaginarse qué exquisiteces geopolíticas, qué finuras vinculadas a fortalecer la contrainteligencia de frontera, que académicos diálogos sobre el llamado protocolo Pedemonte-Mosquera pudieron librar un hombre que compraba dueños de periódicos y un futuro dueño de periódicos que acudía a ese antro porque su papi, por entonces el amo del negocio, hubiera sentido demasiado asco encerrándose con Montesinos en esa sala.

La buena noticia para Gustavo es que pudo hacer desaparecer el video de sus conversaciones con Montesinos. La mala fue que no pudieron sustraerle el video donde Montesinos habla con Carlos Ferrero del hombre que sucedió a su padre sin merecerlo. En la transcripción oficial de ese documento histórico, Montesinos dice:–Chicho viene seguido por aquí–.

Y en seguida añade un comentario amistoso sobre el actual director de La República. Eran los meses en que Marcelo Gullo, yerno de Carlos Maraví –accionista de La República– y amigazo de Chicho cobraba a manos llenas por hacer de la revista Sí un guáter congestionado.

Eran los tiempos en que Eduardo Calmell del Solar, Vicente Silva Checa, los hermanitos Winter –y más tarde Genaro, Shutz, los Crousillat– pasarían por caja para la cámara fija de Montesinos, (a) Asesor.
Eran los tiempos en que Dionisio Romero, Raúl Modenesi, Eugenio Bertini, Óscar Benavides de la Quintana, Jorge Picasso y un kilométrico etcétera se reunían en esa sala para diseñar la estrategia que permitiese la dictadura infinita de Fujimori, (a) Presidente de la República.


No fue extraño que, pocos años después, Eugenio Bertini le obsequiase a Chicho los siete millones de dólares que el Wiese tenía como acreencia ante América TV. Y no es extraño que el malandro gobierno de Toledo avalase tan infecta operación, gracias a la cual Mohme hijo, sin poner un sol, se convirtió en propietario de un tercio de las acciones de América TV.

Tampoco es extraño que el documento que José Enrique Crousillat entregó a la fiscal de la Nación, Adelaida Bolívar, comprometiéndose a dar información detallada sobre los negocios de Gustavo Mohme hijo con el fujimorismo, haya sido ocultado por la prensa enlodada y los brazos de la mafia –que siguen siendo largos–.
En ese documento, el reconocido delincuente Crousillat, que ya no tenía nada que perder, que estaba preso, que sólo estaba interesado en que sus pares que fingen de caballeros pagasen, como él, sus culpas, escribió:
“Declaro que puedo dar información de las transacciones sostenidas hasta el año 2000, inclusive, entre el ex asesor y hoy procesado Vladimiro Montesinos y el propietario del diario La República, Gustavo Mohme Seminario, para que éste se favoreciera económicamente y para que favoreciera a algunos de sus familiares sometidos a procesos judiciales y a investigaciones en el Ministerio Público”.


¿Y qué hizo la fiscal Adelaida Bolívar con esta declaración? ¡Nada! Mandó el asunto a engavetarlo en un tiempo que constituyó marca mundial.

O sea que a Gustavo no había que hacerle lo que le hicieron a decenas en el sistema anticorrupción: investigarlos por el dicho razonablemente informado de un mafioso con ganas de ser colaborador.

Si a Genaro lo prescribieron por viejo, a Chicho lo prescribieron sin escudriñarlo.¿Y qué hizo la gran prensa?
¡Nada! Al fin de cuentas, el políticamente anticuchado Chicho tiene un alto cargo en la SIP –una organización controlada por los gringos, sus seguros servidores centroamericanos y los capos cubanones de El Nuevo Herald– y preside, sin haber escrito jamás una línea que no pertenezca al área de contabilidad, el Consejo Peruano de la Prensa.


Y habla en nombre de la libertad leyendo discursos que le escribe algún empleado columnista y se preocupa por los excesos que la prensa puede cometer.

Él, que no tuvo los bríos para enfrentarse a su ex empleado Pepe Olaya cuando éste llamaba a su padre “Miss Piura”, monitorea los excesos de la prensa.

¿Y los excesos de La República, entre los cuales está la campaña de terror dirigida a contribuir con el triunfo del muy prontuariado evasor de impuestos Alberto Fujimori? ¿Y la persecución, sin proporcional arrepentimiento, del general Bellido, enemigo de Montesinos?

¿Y la soplonería, vacía de información, en contra de la maestra Angélica Torres García, liberada por falta de pruebas por el Cuarto Juzgado Penal Antiterrorista ante el horror y la exigencia de carcelería del diario que alguna vez fue ejemplo de buena fe? ¿Y su política de adular a Humala por si acaso y sobar a García por si las moscas?

¿Y su agradecida anuencia con las tropelías de Toledo, el hombre que les regaló un tercio del Canal 4? ¿Y los negocios que con todos los gobiernos sigue haciendo la imprenta de La República? ¿Y las inmundicias alucinantes de El Popular, un diario que, vendiendo lo que vende, sostiene a La República?

La República empezó vendiendo crímenes bajo la amarillenta conducción de Thorndike. Ha terminado por perpetrarlos en el gobierno de Mohme, un director de apariencia que o no va o está de viaje.
A veces, sólo a veces, da algunos encargos barriobajeros a sus muchachones. Antes se los daba a Pepe Olaya cuando éste era subdirector de La República. Ahora se los da a Mirko, a Federico y al entrañable Carlín, un zambo tan simpático como Olaya.

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