sábado, 27 de abril de 2013

El velasquismo chavista se levanta


Una característica común de los malos gobernantes es que en lugar de resolver problemas los crean. Y lo hacen porque en lugar de ocuparse de problemas reales como la mala situación de los hospitales, el hacinamiento carcelario, la falta de carreteras, el pobre equipamiento de la policía, etc., prefieren seguir un libreto ideológico tratando de adornar el Estado o "repotenciarlo" con más responsabilidades y más gastos hasta que tenga el formato que ha idealizado.

Esto es lo que ocurre hoy con la pretendida compra por parte del Estado de algunos activos de la quebrada empresa española Repsol como la obsoleta refinería La Pampilla y unos 300 grifos. ¿Para qué? No se sabe. Nadie ha sabido explicarlo hasta ahora. Hemos escuchado una andanada de supuestas razones pero no hay una razón oficial y lo que es peor, no hay un problema a la vista que se quiera solucionar con esta medida. ¿Alguien conoce de algún problema en el sector? El único problema a la vista es que el Perú no produce el petroleo suficiente y es un importador creciente. Pero lejos de alentar la exploración lo que se ha hecho es detener los proyectos. Más allá de esto nadie entiende el propósito del experimento Petroperu-Repsol.

Desde luego, la jauría velasquista-chavista de izquierda, como los que andan refugiados en "La Primera", han salido a celebrar desempolvando viejos y relamidos argumentos, que son los mismos con que todo lunático de izquierda suele defender las estatizaciones en cualquier parte: la soberanía, la dignidad, el nacionalismo y otras estupideces clásicas como la "actividad estratégica" o "garantizar la distribución", o el más ridículo de todos: garantizar el "precio justo". Hemos escuchado todo esto recientemente.

Ninguno de estos delirantes argumentos sirven para sustentar ninguna estatización. Son solo las escusas de los tiranuelos. Obviamente tampoco justifican la compra de Repsol y menos la de una obsoleta refinería que requiere una inversión colosal de 2 mil millones de dólares que merecen destinos más urgentes, como los destartalados hospitales. Tampoco el Estado necesita administrar grifos. No existe ningún peligro en la distribución. Y si lo hubiera tendríamos que convocar a la empresa privada, tal como se hizo hace tres años, cuando la demanda de gas natural vehicular excedió la oferta. En menos de un año aparecieron los grifos de GNV. El Estado no tuvo que gastar un sol y la demanda se cubrió.

Ni siquiera vale la pena ocuparnos de argumentos tan ridículos como el del "precio justo", un disparate que solo a personajes pintorescos como Yonhy Lescano se le puede ocurrir pregonar. Sin embargo es sin duda el argumento que más subyuga a la gente porque ¿a quién no le gusta que le regalen las cosas? Pero es a la vez el argumento más peligroso porque eso lleva a manipular los precios mediante la consabida subvención. Estaríamos así regresando a los esquemas del pasado que nos condujeron al déficit y a la crisis, y que hoy está llevando al despeñadero a Bolivia que subvenciona el 60% del precio de la gasolina. Solo la ayuda de Hugo Chávez le permitió sobrevivir a Evo de la arremetida social de hace dos años cuando intentó reducir el subsidio.

Jugar con los precios en los grifos a cargo del Estado ocasionaría la quiebra de las estaciones de servicio privadas, quedando al final solo las estaciones de Petroperú, como era en la época de Velasco. También volverán los sindicatos de trabajadores a paralizar el servicio con sus huelgas (como hoy ocurre en otros sectores del Estado) y las estaciones de Petroperú se irán convirtiendo paulatinamente en chatarra, como ocurre con todo lo que el Estado tiene a su cargo. Esta es una historia que ya conocemos de sobra. Debemos repetirle a los progres la frase que tanto les encanta cuando hablan de la memoria: un pueblo que olvida su pasado está condenado a repetirlo.

Por donde se le mire, la decisión de entrar al negocio de la refinería y los grifos es mala y perniciosa para el país. No necesitamos hacerlo. Nada nos obliga. No hay justificación alguna. Es puro capricho ideológico del chavismo continental. De allí el cacareado argumento de "otros países tienen empresas petroleras estatales", sin distinguir que muchas de ellas andan mal. México está ad portas de privatizar buena parte de PEMEX para salir de la crisis y recuperar competitividad internacional. Ya ni se diga del desastre de PDVSA.

Tan absurda es la idea que los progresistas solo han podido levantar el fantasma de Chile para manipular la conciencia de la gente. Pero olvidan estos fanáticos estatistas que los capitales no tienen nacionalidad. Las empresas cambian de manos tan fácil como los jugadores de camiseta y de club. No nos interesa qué bandera tengan los capitales que vienen al Perú, todo lo que importa es que nos ayuden a despegar como país y den empleo a los peruanos.

Es incongruente que el presidente Ollanta invite a los extranjeros a invertir en el Perú y a la vez pretenda convertir al Estado en una competencia desleal para el sector privado. Tampoco tiene sentido buscar un "modelo equilibrado" entre un pasado lleno de empresas estatales y un "presente sin Estado". El señor presidente quizá ignora que aun existen cerca de 30 empresas estatales, que no son pocas. ¿Cuántas empresas le parecerán suficientes para alcanzar su ansiado equilibrio? Todo lo que significa esta compra de Repsol es que Ollanta Humala en realidad va en la dirección del chavismo continental pero a paso lento.