martes, 20 de noviembre de 2012

Vargas Llosa: pasión y miseria


Mario Vargas Llosa ha puesto en evidencia, una vez más, que su peor enemigo sigue siendo Alberto Fujimori, el desconocido hombrecillo de ascendencia asiática que le arrebató la gloria cuando esta parecía posarse sobre su testa mayestática de laureado escritor. Aquella inesperada derrota electoral fue humillante en grado extremo por el desnivel de ambos contrincantes y, sobre todo, por la desproporción de las campañas y los apoyos que venían detrás. Para Mario Vargas Llosa aquella derrota significó un punto de quiebre en su historia personal. Se marchó del país a vivir su amargura desde lejos, vomitó parte de su odio en un libro y luego se convirtió en el más fiero opositor de Fujimori. Hoy es el más implacable de sus críticos y ha expresado su deseo de que Fujimori se pudra en la cárcel por delincuente. 

Han pasado 22 años de aquellos traumáticos días para Vargas Llosa y su balance de la historia sigue siendo la condena más absoluta a Alberto Fujimori. Pero no es la primera ocasión en que se manifiesta con tanta pasión y hasta encono. Vargas Llosa cogió el laurel de la democracia para fustigar a Fujimori cuando este cerró el Congreso, aunque en ese mismo acto convocara a elecciones para un nuevo Congreso Constituyente. En buena cuenta, el país recuperó su estructura jurídica, democrática y constitucional al cabo de pocos meses. No obstante nunca se le retiró a Fujimori el epíteto de "dictador" y Vargas Llosa se encargó del desprestigio del régimen en cuanta columna y discurso tenía a su alcance, llegando incluso a pedir el bloqueo económico del Perú, algo que hubiera afectado a todos los peruanos y no a Fujimori. Con esta clase de exceso y mezquindad trató Mario Vargas Llosa a Fujimori sin darle nunca tregua, mientras acá se combatía al terrorismo y la crisis económica, y se sentaba las bases de un nuevo Estado. 

Por todo ello Mario Vargas Llosa parece encarnar el trauma nacional, el rencor histórico por lo vivido y sufrido. No solo se ha comportado siempre como el rival político de Alberto Fujimori sino que ha sido su principal agente de desprestigio en el mundo, tratando de convertirlo en el símbolo de todos los males que el Perú ha padecido, y sin reconocerle mérito alguno. El balance de Mario Vargas Llosa, si se puede llamar balance a una pila de acusaciones sostenidas por los odios más encarnados que se haya conocido en la historia de la política peruana, lo único que hace a estas altura es restarle brillo a su imagen pública y hasta a su inteligencia. Hoy Vargas Llosa se ubica en un limbo político donde es utilizado por la izquierda como un caballo de carga, mientras que los liberales se alejan cada vez más de su discurso. Vargas Llosa es un partidario de su propia visión y pasión. 

Alberto Fujimori, para que lo sepan las actuales generaciones, asumió la presidencia de un infierno. El Perú estaba en la ruina más espantosa de su historia. Sin dinero en el erario y sin ingresos fiscales, con una enorme deuda externa cuyos pagos estaban embalsados, con un bloqueo económico internacional, la peor hiperinflación del mundo en ese momento, un Estado sobredimensionado, deficiente y corrupto, repleto de empresas públicas quebradas, una exuberante planilla pública insostenible y, para colmo, acosado por dos sanguinarios grupos terroristas de izquierda que asolaban el país y hasta la capital. A todo eso hay que añadirle una clase política incapaz, compuesta en gran parte por demagogos delirantes que no alcanzaban a comprender la magnitud y la gravedad de nuestra situación. Para hacerla corta, solo resta decir que Alberto Fujimori rescató al Perú de esa barbarie en que vivíamos. Pero claro, hubo que pagar un precio. 

No vamos a dejar de reconocer que el gobierno de Fujimori, a pesar de sus enormes logros, no pudo o no supo o no quiso evitar los tradicionales males de la política peruana: la corrupción y el abuso del poder. Hay pues dos enfoques que hacer en el juicio a Fujimori: el de sus logros para el país y el de sus formas como gobernante. La política exige visión histórica. Sin embargo la jauría de izquierda a través de sus ONGs nos ha conducido a enfocarnos tan solo en sus formas de gobierno. Creemos que esas formas ya han sido suficientemente juzgadas y ya fueron objeto de condena, incluso con exceso. El tiempo ha transcurrido. Tanto Mario Vargas Llosa como Alberto Fujimori son dos ancianos. Hoy tenemos una nueva generación de peruanos que está por asumir la posta de este país. ¿Qué les vamos a entregar? ¿Una deuda moral pendiente? ¿Una vieja vendetta política por saldar?  ¿Una memoria cargada de odios y rencores? 

Mario Vargas Llosa ha perdido ya hace tiempo el liderazgo de un nuevo país que hoy se enfrenta a nuevos desafíos. Le ha hecho la jugada a esa izquierda recalcitrante a la que tanto combatió por décadas. En su afán por asumir su pose de gurú de la democracia y catedral de la moral olvida que en la lucha política no hay que ser ingenuos ni se puede ser neutral. Hay que saber de qué lado de la raya te encuentras parado.